Clay, el personaje principal de “El holandés«, está pasando una noche infernal en la ciudad de Nueva York, el tipo de noche que podría acabar con su vida o cambiarla de manera gravemente material. Una persona con la que se encuentra le aconseja que «preste atención a las advertencias de quienes le precedieron, para que su destino pueda ser diferente». Y así, esta adaptación de la célebre obra de Amiri Baraka de 1964, “Dutchman”, sobre la raza y la identidad negra, anuncia su intención de ofrecer una interpretación alternativa y actualizada de un texto fundamental. La película añade referencias modernas y se desarrolla en el presente, pero su tratamiento de los temas de la obra sigue siendo turbio y empañado por la incapacidad de dejar de lado lo que el director André Gaines evidentemente lo considera un texto sagrado.
La adaptación, que Gaines escribió con Qasim Basir, comienza en una sesión de terapia matrimonial. Arcilla (André Holanda), un exitoso hombre de negocios negro, intenta comprender por qué su esposa Kaya (Zazie Beetz) lo engañó, aunque parece estar a la defensiva y ser incapaz de abrirse emocionalmente. El terapeuta (Stephen McKinley Henderson) le insta a escuchar a su esposa. A pesar de la tensión palpable entre los cónyuges, su compromiso y amor son evidentes. No van camino de la separación, sino quizás de una mayor comprensión de las necesidades de los demás.
De camino a una recaudación de fondos en Harlem para un amigo que se postula para un cargo (Aldis Hodge), Clay se encuentra con una extraña mujer blanca en el tren. Desde el momento en que pone sus ojos en él, Lula (Kate Mara) parece decidido a sorprender, seducir, burlarse y repeler a Clay. En un minuto, ella lo invita a su cama y al siguiente, lo amenaza con llamarlo «violación». Ella insiste en acompañarlo a la fiesta donde está decidida a causar un escándalo y alterar sus relaciones con su esposa, sus amigos y su comunidad. Nunca se explica qué es lo que impulsa su fijación por Clay.
En la obra de Baraka, Clay y Lula sirven como representaciones alegóricas de la asimilación negra y la supremacía blanca, respectivamente. Escrita e interpretada en el apogeo del movimiento por los derechos civiles, “Dutchman” fue audaz y adelantada a su tiempo. Sus temas provocativos y las formas viscerales en que los abordó desafiaron al público. Al tratar de abrirlo a una audiencia de 2026, Gaines y Basir añaden dimensión a Clay, mientras dejan a Lula poco más que un mecanismo de confrontación. Ese desequilibrio (un personaje principal convertido en carne y hueso mientras el otro nunca cobra vida) obstaculiza la narrativa central de la película.
La obra tiene lugar en un tren subterráneo, y aunque ese sigue siendo un escenario fundamental, Gaines abre el drama, situando a Clay y Lula dentro de un panorama social más amplio, reforzando la idea de que su encuentro no está aislado sino inmerso en la violencia de la ciudad de Nueva York. Su encuadre de sus escenas juntos, ya sea en el tren, en su departamento o dentro de una gran fiesta llena de gente, permite a los actores interpretar bien entre sí.
Curiosamente, se hace referencia abierta a “Dutchman” varias veces en el guión. Su terapeuta le da a Clay una versión impresa de la obra desde el principio. Se le muestra una versión en miniatura de un teatro donde su “personaje” aparece como un pequeño juguete para ser manipulado. Mientras camina con Lula, vislumbra una producción de televisión en el escaparate de una tienda de electrónica.
Henderson desempeña varios papeles y sigue apareciendo como espectro durante todo el proceso para comentar y recordar la obra. A veces se hace referencia a su personaje como Amiri y cita directamente de la obra y de otros textos conocidos sobre la identidad negra estadounidense. Esta metaincorporación de la obra añade una sensación de déjà vu a la película, sugiriendo que lo que le está sucediendo a Clay podría ser un rito de iniciación que todo hombre negro debe afrontar en este país.
La adaptación de Gaines y Basir se ciñe a los orígenes intelectuales de la obra. Sin embargo, nunca logran emotivar la historia, manteniendo sus temas sin modernizarlos. Quizás ese sea el punto: los hombres afroamericanos contemporáneos deben lidiar constantemente con sus identidades y la forma en que los ve la sociedad blanca. Si el motivo de esta adaptación es continuar esa conversación para una nueva generación, entonces lo han logrado.
Holland aporta matices vívidos a un papel escrito como símbolo de su raza y nacionalidad, lo que lo convierte en el motivo principal para ver esta adaptación. Es inmediatamente creíble como un hombre enamorado que también está sufriendo, como un hombre con deseos que preferiría no reconocer y como una persona ambiciosa que cree que merece su éxito: todos los temas que el texto insinúa y que Holland da vida combinando intensidad con vulnerabilidad. En su último monólogo, agrega notas de sarcasmo para cubrir la justa ira que siente su personaje, dándole a la película el final explosivo hacia el que se ha estado construyendo, aunque no se lo haya ganado del todo.
“El holandés” existe en un espacio tenso entre la reverencia y la reinvención. Es una adaptación tan consciente del poder y el legado del texto de Baraka que nunca confía plenamente en sus propios instintos. El resultado es una película que provoca pensamiento más que sentimiento, que invita al debate, al tiempo que niega al público la dimensión emocional que podría haber hecho evidente su relevancia.


