Si hubo una razón para que el veterano actor Edward James Olmos resucitara su magnético papel en “Zoot Suit”, es para honrar al hombre detrás de esa obra histórica que centra la experiencia mexicano-estadounidense. Olmos vuelve a su personalidad derrochadora de botín como una figura de otro mundo que habla caló de la década de 1940, ahora solo en voz, para narrar “Pachuco americano: La leyenda de Luis Valdez.” Este divertido y completo documental biográfico del director David Alvarado pasa tiempo con un pionero digno cuyo nombre y logros tal vez no estén grabados en la conciencia estadounidense, pero deberían estarlo.
No es una sobreestimación decir que la narración latina en Estados Unidos le debe mucho a lo que Valdez hizo con su Teatro Campesino, una compañía de teatro comunitario inicialmente vinculada al movimiento United Farm Workers y a César Chávez, y más tarde como director en los escenarios más importantes del teatro, así como en Hollywood con la histórica película “La Bamba”. Alvarado hace el trabajo preliminar para el espectador al definir la identidad chicana, crucial para abordar la obra de Valdez, como una cosmovisión intersticial que tomó forma en los Estados Unidos entre personas de ascendencia mexicana. Al verse marginados y vulnerables en la única tierra que habían conocido, se definieron a sí mismos. No son inmigrantes recientes sino individuos estadounidenses, nacidos y criados, que todavía atesoran una conexión con su origen étnico.
Un punto que Valdez reitera a lo largo de sus segmentos de entrevista, al igual que algunas otras voces en un desfile de leyendas, es que los chicanos son parte de la historia de Estados Unidos, no están separados de ella. Nacido en Delano, California, en una familia de trabajadores agrícolas, Valdez creció admirando a su hermano mayor Frank, quien había decidido perseguir el sueño americano a través de la educación. Pero Valdez encontró su vocación desde el principio en las artes, al darse cuenta de que la actuación en vivo podía impactar profundamente al público. Combinadas con su activismo en defensa de los derechos de los trabajadores, estas experiencias convirtieron a Valdez en un artista con conciencia política.
Otros entrevistados incluyen al cineasta ganador del Oscar Taylor Hackford, el actor Lou Diamond Phillips y la incansable líder sindical Dolores Huerta, un ícono por derecho propio, todos compartiendo sus pensamientos sobre las poco convencionales propuestas artísticas de Valdez que confrontaban la injusticia y la percepción blanca de los chicanos. Su obra televisada, “Los Vendidos”, que hábilmente cierra el documental, muestra una tienda donde una persona puede comprar diferentes versiones de autómatas mexicanos. Hay una pareja indígena, un estereotipado hombre con sombrero, pero también un joven bien vestido y bien arreglado que lleva gafas. El personaje representa la versión idealizada de un mexicoamericano, alguien que aspira a ser visto bajo la misma luz que un hombre blanco.
En medio del recuento cronológico de anécdotas y acontecimientos históricos en la histórica carrera de Valdez, Alvarado también ilumina las heridas personales del anciano maestro. La relación de Valdez con el lenguaje ocupa un espacio sustancial. Que la gente asumiera que no podía hablar inglés por su apariencia física lo motivó a estudiar literatura. Sin embargo, en lugar de subvertir su verdadero yo, utilizó la palabra hablada para afirmar su falta de interés en encajar. El pachuco de Olmos en “Zoot Suit” habla en la jerga chicana conocida como Caló, una mezcla de inglés y español que emplea su propia colección de términos, como la palabra “rasquachi”. Describe algo que puede no ser estéticamente prístino, pero que obtiene valor a través del ingenio y la resiliencia.
Mientras tanto, la hermandad emerge como la fuerza impulsora emocional detrás de la visión de Valdez, y no sólo porque su hermano menor, Danny Valdez, fue un cómplice creativo en múltiples proyectos, entre los que destaca «La Bamba». El principal de sus dolorosos recuerdos es un cisma de larga data con Frank Valdez, quien más tarde buscó descartar y olvidar su educación en el marco mexicano para poder asimilarse plenamente a la corriente principal.
El documento de Alvarado tiene una construcción estándar pero un tono animado, lo que refleja el compromiso de su sujeto con los desafíos sociopolíticos que enfrentaron los chicanos en el siglo XX. Valdez no creó desde un lugar de autocompasión o victimismo, sino con un poco de resentimiento, ansioso por demostrar que estaban equivocados aquellos que lo subestimaron basándose en sus antecedentes. Uno se pregunta entonces si Alvarado podría haber creado viñetas satíricas en el espíritu de las piezas de teatro chicano de Valdez para complementar su narración o ampliarla, como lo hizo el director Travis Gutiérrez Senger en su estudio del grupo de arte chicano “ASCO: Sin permiso”.
Valdez comprendió que la asimilación de los chicanos, tal como la entendía la mayoría blanca, no significaba integrarse a la sociedad estadounidense en sus propios términos, sino aceptar la eliminación del origen de su familia. Estados Unidos exigió (y parece estar haciéndolo nuevamente) que los mexicano-estadounidenses elijan un bando: o ser discriminados por hablar español o conservar tradiciones culturalmente específicas, o seguir el status quo, con la promesa de que serán aceptados. Mientras Alvarado explora repetidamente, Valdez rechazó ese camino, en lugar de eso perfeccionó sus raíces indígenas y dedicó su vida a exaltar a aquellos que, como él, existen en el medio.
Por mucho que el documental sea explícitamente celebratorio, su existencia es inherentemente una declaración política, al igual que la obra de Valdez. Destacar a un pionero mexicano-estadounidense que todavía se siente orgulloso de todos los matices de su identidad parece necesariamente desafiante, especialmente en 2026.



